Trance, de Alan Pauls

Querida Clari:

¡Qué bueno que hayas podido venir unos días a BA! Aunque ya te estoy extrañando de nuevo…

Me gustó mucho tu entrada sobre la (brevísima) Feria del Libro de Londres 🙂

Mi recomendación de este mes es Trance, de Alan Pauls. Ya te digo que me encantó: es el Pauls de siempre, pero con algo nuevo, como decantado; y sin dudas más tierno y humorístico. O al menos así lo leí yo.

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Bielsa en trance. Lectora en trance.

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Lo publicó el mes pasado la editorial Ampersand en la colección Lector&s, dirigida por Graciela Batticuore.

Es una colección muy interesante, para seguirla de cerca; por lo pronto está anunciado un próximo título que me da mucha curiosidad: Novelera, de María Moreno.

El libro comienza con una suerte de introducción en la que Pauls marca una distancia que es pura continuidad: se piensa a sí mismo a través de una tercera persona que será el lector-protagonista.

Irrumpen en su habitación, le hablan en voz alta, le recuerdan todo lo incalculablemente valioso que olvida, que posterga, que reemplaza por estar ahí tirado con sus libritos. Le exigen que haga algo.

Ya en conocimiento de quién (se supone) es este lector al que se van a referir las siguientes treinta y nueva entradas, empieza un glosario maravilloso de libros, lecturas, películas (no podía faltar el cine en la construcción de este lector) y experiencias varias. Desde la pregunta por los límites de la lectura y la posibilidad finita/infinita de interpretaciones; la relación de la lectura con el ajedrez y la importación de tantos de sus signos para, justamente, dejar signada la lectura; hasta la divertida aceptación del uso de anteojos pasados los cuarenta, una realidad contra la que no le queda otra opción que aceptar que “hay dos pares de ojos, los que usa para leer y los que destina al mundo, y que todo acomodamiento, en la medida en que ya no sea natural, automático, como hasta entonces, sino una conquista fruto del esfuerzo, no hará sino ratificarla a sangre y fuego”. Y hasta acá solo me referí, vagamente y a medias, a las entradas con “a”. Queda tanto por leer, subrayar, releer, marcar.

Quisiera que cuando lo leas te detengas en la entrada “precoz”, me parece que su lectura puede ser muy enriquecedora para discutir los límites y alcances de la “lij”. Entre otras cosas porque apunta (y dispara) contra los manuales de psicopedagogía (y yo sumo a tantos actores del circuito del libro “lij”) que desalientan “leer (y dar a leer) libros que no son aptos para la edad del destinatario”. Porque en estas lecturas desafiantes más que la causa de un posible trauma está “la promesa de una captura y un influjo que ninguna lectura apropiada estará jamás en condiciones de provocar”. Y entonces vuelve a apuntar (y remata) al tiempo que funda una de sus convicciones más preciadas como lector: aquella que va en contra del “dogma que hace de la comprensión el objetivo, la condición y la caución de toda lectura benéfica, formativa, eficaz”. Se me vienen a la cabeza tantos libros digeridos, sobreexplicados, con valores y enseñanzas, correctos y perfectos para responder cuestionarios modelo que solo buscan evaluar la más burda y llana comprensión lectora.

Entra en la categoría más sublime y necesaria de todas las categorías: “Tenés que leerlo”.  Es un libro hermoso, tan breve como potente. Son apenas 132 páginas que abren el juego a un montón de cuestiones y debates.

Para no perder el hábito de la yapa de siempre, solo dejo mencionada otra lectura hecha hace unos años y que recordé en cuanto empecé Trance –porque también plantea un juego similar con esto de pensarse en tercera persona–, de un libro que no sé si se consigue en librerías (y en ese caso, bendito seas, san ML): La vida descalzo, también de Alan Pauls (y también sobre la infancia, entre otras cosas) y que forma parte de In situ (Pasiones ambulantes, lugares que quedan), una colección buenísima de Sudamericana, diseñada por Juan Pablo Cambariere, bellísima además, con fotografías en el interior y autores como María Moreno y Edgardo Cozarinsky. Por lo que pude averiguar en su momento apenas sacaron cinco títulos.

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…ese libro es el otro lugar que tiene la forma de la felicidad perfecta, y que, como escribió alguien que él leerá recién veinte años más tarde, cuando ya no esté circunstancial sino crónicamente enfermo, tanto que solo será capaz de hacer lo único que quiere hacer, quemarse los ojos leyendo, quizá no haya habido días en nuestra infancia más plenamente vividos que aquellos que creímos dejar sin vivirlos, aquellos que pasamos con el libro por el que más tarde, una vez que lo hayamos olvidado, estaremos dispuestos a sacrificarlo todo.

Creo que es la carta más larga que te mandé. Tratándose de uno de mis escritores favoritos, no podía ser de otra manera.

Te mando un abrazo y espero leerte pronto.

Vir

PD: ¿Al final viste La librería, de Isabel Coixet? Yo fui al cine la semana pasada; la adaptación me pareció muy buena. Es una historia encantadora.

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