De paseo por BA – Galería Mar Dulce

Querida Clari:

Tu última carta me dejó pensando en varias cosas. Qué interesantes todos estos eventos a los que fuiste, contar con espacios de este tipo que acerquen a los jóvenes profesionales a la industria del libro es algo muy bueno para todos y, si bien acá no funciona de manera tan organizada y sistemática, me parece que hay situaciones más informales que también permiten la inserción en el mercado. Recuerdo casos de diversos colegas y, sin ir más lejos, el mío: tenía 24 años y ninguna experiencia cuando la conocí a Constanza Brunet en la facultad y me invitó a sumarme a su proyecto editorial (y no quiero destacarlo porque debería ser la norma, pero me ofreció un trabajo formal, no una falsa pasantía ni nada parecido).

Te cuento que yo me fui de paseo por la ciudad y visité un lugar que me recomendaron mucho: Galería Mar Dulce.

Es una sala chiquita y muy cálida. Justo pude ver una exposición de Natalia Colombo. Me gusta mucho lo que hace, su manera de combinar los colores, y sobre todo esa invitación tácita a quedarse mirando cada detalle y dejarse sorprender. Hay ilustradores que te impactan, son un golpe visual certero e inmediato, en cambio con los dibujos de Colombo pareciera que el tiempo transcurriera más lento, como en otra sintonía. Dice Elenio Pico en el catálogo: “El mundo infantil le permitió crecerse, derramarse y ofrecerse. Fue una suerte que el mercado de los libros la haya aceptado, habría sido una gran pérdida para todos si esto no hubiera ocurrido”. Fue una salida que me gustó mucho hacer, y voy a estar atenta a las nuevas exhibiciones, es un lugar al que me encantaría volver.

Te mando un abrazo enorme,

Vir

PD: La mudanza me tiene enloquecida, pero por suerte ya terminé de embalar los libros. En medio de las cajas recordé al tío del protagonista de El Palacio de la Luna, de Paul Auster. De él hereda 76 cajas repletas de libros que, además de leerlos, utiliza como si fueran muebles. ¿Lo leíste? Es una novela hermosa, me tuvo atrapada sin poder soltarla hasta que la terminé cuando tenía 16 o 17 años. Lo encontré y me quedé un rato releyendo algunas partes. Te comparto una, como para tentarte:

A medida que vendía los libros, mi apartamento iba experimentando muchos cambios. Era inevitable, ya que cada vez que abría una nueva caja, simultáneamente destruía un mueble. […] La habitación era una máquina que medía mi situación: cuánto quedaba de mí, cuánto se había ido. Yo era a la vez el perpetrador y el testigo, el autor y el público de un teatro en el que había una sola persona. Podía seguir el proceso de mi propio descuartizamiento. Pedazo a pedazo, me veía desaparecer.

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